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martes, julio 13, 2004
.:: Se vende dignidad. Precios promocionales (hasta en 12 cuotas) ::.  
Ya habíamos comentado el caso del juicio que ganó Benetton en contra de una familia mapuche. Esa familia fue desalojada de sus propias tierras ancestrales por la “justicia” argentina.

Perez Esquivel, Premio Nóbel de la Paz, apareció ayer en un diario italiano pidiendo a Benetton la devolución de las tierras para los mapuches. Gesto loable, pero simplista, vamos a reflexionar un poco sobre este conflicto, a ver si conseguimos sacara alguna cosa en claro.

En primer lugar, las tierras, para la justicia, son del que tiene el título de propiedad. Si mañana entra a mi casa una familia diciendo que esa tierra donde está erguida mi vivienda es de ellos, evidentemente no lo aceptaré tan fácil, supongo que llegaríamos a un acuerdo, pero en la pero de las situaciones, que alguien me devuelva mi dinero para comprar otra, no sería justo que yo quede en la calle. El primer paso sería buscar a quién me la vendió.

No es el caso Benetton que sin dudas, no haría mella en su posición económico-social que le retiren las tierras, pero, el problema es que pagó por ellas, ¿quién le devuelve el dinero?. Los mapuches claro que no porque ellos no recibieron un centavo por esa venta.

Los indígenas, por otro lado, tampoco tienen interés en títulos de propiedades, las tierras fueron de ellos mucho antes que llegara el colonizador europeo para robarles y esclavizarlos.

El problema no se suscita con Benetton, sino con la pregunta de ¿quién está vendiendo la Patagonia?, y por qué cada día que pasa una porción de tierra que pertenece a Argentina y a sus habitantes se está rematando indiscriminadamente. Podríamos pensar que el culpable es el Estado, que no regula la venta de una Argentina muerta de hambre que ve escapar sus riquezas volando en manos de capitales extranjeros que usufructúan con algo que tendría que haberles sido vedado desde el comienzo.

Es que vivimos en una sociedad muy liberal, muy moderna, donde todo se compra con dinero, hasta la dignidad. El neoliberalismo le pone precio a la salud, le pone precio a la educación, le pone precio a los derechos naturales del hombre, es decir, si no hay recursos económicos, como pasa en todos estos países aspirantes al magnífico “primer mundo”, no hay salud, no hay educación, no hay derechos naturales, no hay dignidad.

En EEUU puede pasar más desapercibido porque un salario mínimo y una libreta de trabajo ya es suficiente como para que gran parte de esas necesidades básicas estén cubiertas, pero claro, todo tiene un precio, y el precio que ellos pagan es que todo tiene un precio, justamente. El precio más caro que se paga es la marginación y la desigualdad de oportunidades, sin contar con que los status sociales son un claro punto de partida para la valuación de una persona. Una persona tiene un valor y otra tiene otro.

Otro precio es la sociedad de consumo que crea necesidades inexistentes e improductivas y contribuyen al proceso de masificación y representa esa familia tipo, feliz e imaginaria para muchos, donde un matrimonio aparece caminando por el campo floreado con sus pequeños hijos, todos con una sonrisa, el mundo es lindo, bienvenido a él, abra una cuenta en el Citibank, saque un préstamo y usted será igual a esa familia y tendrá una sonrisa tal o más bonita, vea pues, el señor lo atiende, sí qué se le ofrece, siéntese, qué lindo el nene, fuiste a la escuela hoy?

Fomentan el no pensar, los medios le ofrecen paquetes económicos donde las neuronas actúan como vegetales sin agua. Sin dudas que hay excepciones, pero esas excepciones, como por ejemplo el librepensador Noam Chomsky, sólo por pensar distinto, son atacadas por el ciudadano medio, que ve en los contra a un monstruo feroz dispuesto a quemar el jardín y pisotear las flores del paisaje de nuestra familia tipo y de sacarles su caja de ahorro en el Citibank “porque está en contra”.

Ese tipo de diferenciaciones, de modelos ejemplares de personas, atropella a todo aquel que no se acopla (o no permiten acoplarse) y alcanza su apogeo en hechos tan terribles como la Masacre de Columbine. A esos adolescentes que mataron fríamente como si lo hubieran hecho toda la vida, no les faltaba dinero, les faltaban valores que una sociedad donde los valores no tienen ningún valor, les supo dar. El primer valor del ser humano debería ser la autoestima. En vez de eso nos ofrece estereotipos de personas inexistentes a imitar donde el incauto se ve disminuido ante la menor diferencia.

Si no vean cualquier tapa de la revista CARAS. Esos son los valores que los incautos reciben a través de un bombardeo sin límite de estereotipos vacíos de contenido pero que seducen por el “sueño americano” donde a todos les gustaría ser ricos, lindos, tener mansiones, yates, hacerse una lipoaspiración y ponerse siliconas en las tetas. Todo eso es un invento con un precio tan bajo que las personas lo compran, una droga peor que la cocaína (peor porque infinitamente más personas la consumen) pero al precio módico de $6 en cualquier kiosco de revistas. (Un servidor, que no deja de ser un incauto, ha consumido cantidad de esa droga en alguna sala de espera de algún dentista y confiesa que marea).

Otro ejemplo claro del neoliberalismo es el sitio que comenté el otro día en Proyecto/4, rent-a-negro.com. Lo que no comenté, porque esperaba ver la reacción de los lectores, es que ese sitio es justamente una gran crítica al neoliberalismo y al racismo, pertenece a una artista negra llamada Damali Ayo (también haré esta aclaración en aquel espacio). Lo que percibí es sorpresa, nunca indignación. Es decir, hubiéramos aceptado con resignación que exista un espacio de e-commerce que alquile negros como si fueren monos, o trajes, comenzando desde ahí, el límite de nuestra aceptación, resulta difuso.

Decir que todos los humanos somos iguales, es una falacia del tamaño del planeta. Pero decir, implícitamente, que no todos tenemos los mismos derechos, ejerce una presión en los más perjudicados que induce a toda esta miseria que vive nuestro mundo actual. Y el mundo se encarga de gritarnos al oído que no todos tenemos los mismos derechos, sino pregúntenle a algún negro en Harlem. (Sí, eso de que la esclavitud fue abolida en el siglo XIX es una mentira gigante, a lo sumo se cambió el traje).

Imagínense, todos estos países de cuarta categoría, son aspirantes a eso, o sea, ni siquiera llegaron a aquella desmembración parcial del individuo, aquí la desmembración es completa. El resultado es desastroso, quieren fomentar una política liberal, quieren ponerle precio a todo, en países quebrados y con crisis de todo tipo donde nada puede ser garantizado, ni siquiera lo más básico: educación y trabajo (y por consecuencia, dignidad).

Ahí sale un Blumberg con una hoja escrita con leyes de “mano dura” para evitar la delincuencia, cuando la delincuencia es un ente que resulta como efecto de una causa que está olvidada por Blumberg y por los ilustrísimos legisladores. Quieren cortar a las hojas para matar al árbol, cuando con dos días de lluvias las hojas crecerán más sanas y más fuertes.

Nietzsche decía que había que eliminar a los “débiles”. Se equivocó feísimo. A quien hay que eliminar es al que los genera.

Hasta mañana.

[¿Mail?]

# escrito por drádego @ 20:58
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